10 dezembro 2012

Ultramar


Fuera del tempo
Fuera del espacio
Donde solo el abstracto logra
Ultramar.

“!Vete!, abuelito Hans! Vamos a jugar en la playa, ¡por favor! Para de mirar por la ventana y bajemos!”. 

Esa eras tú, Sophia. Eras tú poco después de cumplir los cinco, con toda su ansiosa voluntad de correr por las blancas arenas para  rendirse hacia el helado y salgado del mar. Y aquel era yo, mirando por la ventana en mañanas edénicas. Eran en mañanas como esas que yo, desde el alto de eso faro con la brisa dulce y caliente,  me recordaba y no creía en todo lo que he vivido. Siempre fue en mañanas como esas, y siempre será en mañanas como esa – con un cielo de cristal marítimo, cuando la arena se hace más blanca y suave, y con el Atlántico al horizonte – que yo me recordé y recordaré todo lo que no habíamos sido, pero que hoy sé que éramos. Contemplaba el mar con la mirada de miles barcos zarpados, porqué a mí el mar significaba el camino hasta casa, y él también era y será yo, en todas sus lagrimas que no fueran proclamadas. En mañanas así, bailando, oscilando, avanzando y volviendo atrás,  – en mis pensamientos –  me aparecía el enorme, sin tamaño con sus largas espaldas y abrazo amplio, casi eterno, que me envolvía. Con su aspecto rubio, cual un coral, la sonrisa enorme y los dientes brillantes. Yo me recordaba que, en aquella época, mismo con la proximidad que manteníamos él era distante a mí. A mí me parecía que él tenía su misterio. Era una cosa tan incomprensible a mí,  pero algo a que yo quería tanto saber que tampoco no tenía miedo de perderme a mí. Pero perdí me a mí mismo. En bailados y armonías escritos por aquella mítica figura yo me perdí. Solo y loco, caminé en mi proprio labirinto, en el interior de vehemente y rubios palacios, sucesivos y roncos. Acerqué mi cara de silencio y coqueteé con la oscuridad susurrada, de pasiones y traiciones hinchadas por gritos. Buscaba un día limpio. Al salir de esto laberinto, e imaginando haber encontrado mi tan soñado Príncipe de los Lirios, perdí me a mí otra vez. Zarpé. Eran cosas así, cariño, en las que pensaba cuando tú te quejabas y llamaba por la libertad de la playa e yo me hacia como Rapunzel en la torre. Muchos años han pasado, tú has crecido y el océano también ha ampliado las distancias entre yo y tú. Entonces, desde eso, si murió, su muerte sigue siendo una noticia desajustada y lejana. Y sin embargo no la entendiendo bien – como una barca que naufraga en cuanto salió de su puerto. Pero, que sea, que sea eso. No podría pensar en despedidas, es el tipo de cosa que no parece necesaria - mismo cuando, de hecho, lo eran. Palabras. Serían apenas palabras aladas, dichas no para quedarse, pero encantadas, hechas para volar. Entre nosotros, muchos gestos fueran más consistentes que cualquier manera de jurar amor, que cualquier soneto de amor escrito por Camões. Entonces comprendí. Jamás regresaría al mar – nunca nos pertenecimos. Por lo menos no como yo le había pertenecido a él. En noches vacías de lunar, iluminada apenas por las estrellas a jugar, luciérnagas de luz eterna. Se me lo guía a mí. Faro. Él se ha hecho presente como un reino y siempre cruza mis sueños como brazos afluentes de un río. Se parece con la casa de mi primera vida: primer estuve allá y, después que la perdí, pasó a habitarme. Yo miraba el mar a que tú, tan demasiado, deseabas rendirse, porqué el mar me cuidaba, y porque yo cuidaba a él. Hoy, mirar el mar es más que ver quién habita en mi mismo: es mirar también a quién yo pasé a habitar con todas  mis recordaciones de quién nosotros todos fuimos, y las de quién seremos en eso ultramar, tan alejado de mí.         


Original escrito: Além-Mar, de Daniel Prestes.
Traducido al español por: Thiago Oliveira (2012).

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